El término « hagietomamofilia » no figura en ningún diccionario médico de referencia, ni en las clasificaciones psiquiátricas internacionales como el DSM-5-TR o la CIE-11. Sin embargo, circula en foros francófonos y en algunos artículos de divulgación, a menudo sin una definición estable. Esta ambigüedad terminológica merece que nos detengamos, porque revela tanto sobre los mecanismos de fascinación colectiva como sobre la realidad clínica del fenómeno.
Hagietomamofilia y parafilias: un término sin anclaje clínico
La mayoría de las parafilias registradas (fetichismo, voyeurismo, agalmatofilia) se basan en una etimología griega o latina documentada y en descripciones clínicas publicadas. La agalmatofilia, por ejemplo, proviene del griego agalma (estatua) y philia (amor), y designa una atracción sexual hacia las estatuas o los maniquíes. El pigmalionismo es un sinónimo reconocido desde el siglo XIX.
La hagietomamofilia, en cambio, no cuenta con este fundamento. Su raíz supuesta combinaría elementos griegos relacionados con lo sagrado y la madre, pero ninguna publicación científica indexada valida esta etimología. La palabra aparece en espacios informales, replicada de sitio en sitio sin que se pueda identificar una fuente primaria.
Para aquellos que desean saber todo sobre la hagietomamofilia en un marco más estructurado, la primera dificultad sigue siendo precisamente esta ausencia de una definición consensuada.

Fascinación por los objetos sagrados: lo que realmente dicen las clasificaciones psiquiátricas
La atracción por objetos, materiales o representaciones no es rara en el espectro de los comportamientos humanos. Las clasificaciones recientes han evolucionado significativamente en su enfoque.
La frontera entre parafilia y trastorno parafílico se ha estrechado en el DSM-5-TR y la CIE-11. Un interés atípico, ya sea por una estatua, un tejido, una imagen o un objeto religioso, no es un diagnóstico en sí mismo. Solo se vuelve clínicamente relevante si se cumplen tres condiciones:
- La persona siente un malestar personal significativo relacionado con este interés, más allá de una simple desaprobación social
- El funcionamiento diario (profesional, relacional, social) se ve alterado de manera medible
- El comportamiento implica un daño a una persona no consentidora o un riesgo para otros
La CIE-11 de la OMS ha ido más allá al eliminar varias categorías antiguas relacionadas con intereses sexuales atípicos consentidos. El fetichismo y el travestismo fetichista ya no constituyen diagnósticos autónomos en esta clasificación. El DSM-5-TR conserva estas categorías nombradas, lo que crea una divergencia entre los dos referentes internacionales.
Esta evolución tiene una consecuencia directa sobre un término como « hagietomamofilia »: incluso si el fenómeno existiera en una forma clínicamente caracterizada, no sería automáticamente patológico.
Por qué los términos inventados circulan tan rápido en las redes sociales
El éxito en línea de palabras como « hagietomamofilia » se debe menos a su validez científica que a un mecanismo bien identificado: la curiosidad léxica genera compromiso. Un término raro, impronunciable, de sonoridad erudita, atrae el clic. Da la impresión de acceder a un conocimiento oculto.
Las redes sociales amplifican este fenómeno. Una publicación que afirma « seguramente no conocías esta palabra » será compartida precisamente porque halaga el deseo de distinción cultural. El contenido circula, las repeticiones se multiplican, y el término adquiere una legitimidad aparente solo por la repetición.
Sin embargo, esta viralidad no produce conocimiento. Los artículos que retoman la palabra se citan mutuamente sin nunca remontar a una fuente clínica, académica o etimológica sólida. La repetición de un término no equivale a su validación.
El papel de las listas de « fobias y filias raras »
Un vector de difusión recurrente es el formato « lista de fobias o filias desconocidas » que circula en blogs y redes. Estas compilaciones mezclan términos documentados (aracnofobia, claustrofobia) con neologismos no attestados. El lector, frente a una lista de veinte entradas, no distingue los términos validados de las invenciones.
Este formato plantea un problema concreto: difumina la frontera entre conocimiento y entretenimiento, y puede inducir autodiagnósticos infundados.

Significado cultural de la fascinación por lo sagrado y las representaciones
Si dejamos de lado la cuestión terminológica, la atracción por objetos de dimensión sagrada, religiosa o simbólica atraviesa la historia. El mito de Pigmalión, escultor enamorado de su propia creación en marfil, está documentado por Ovidio en las Metamorfosis. Se han reportado casos de agalmatofilia desde la Antigüedad, involucrando estatuas de divinidades en templos.
El objeto sagrado concentra una carga emocional que supera su materialidad. Una estatua de culto, un relicario, una máscara ritual no son percibidos como simples objetos por aquellos que los veneran. Esta superposición entre lo espiritual y lo físico crea un terreno propicio para formas de apego intensas, a veces erotizadas.
Los trabajos contemporáneos sobre las parafilias insisten en la diversidad de intereses no patológicos. Un apego fuerte a un objeto, un material o una imagen puede permanecer fuera del ámbito clínico siempre que no haya sufrimiento ni daño al consentimiento de otros. Esta lectura despatologizante es un cambio de paradigma respecto a los enfoques del siglo XX, que clasificaban casi sistemáticamente todo interés atípico como desviación.
- La agalmatofilia (atracción por las estatuas) es la parafilia documentada más cercana al campo evocado por « hagietomamofilia »
- El pigmalionismo, sinónimo histórico, se refiere al mismo espectro pero con una dimensión creativa (atracción por su propia creación)
- El fetichismo religioso, no reconocido como categoría distinta, se superpone parcialmente a estos fenómenos sin tener una entrada propia en las clasificaciones
La hagietomamofilia, tal como está, sigue siendo una palabra sin base científica. Su interés radica menos en lo que designa que en lo que revela: nuestro apetito por las categorías, nuestra necesidad de nombrar lo que nos inquieta, y la rapidez con la que un neologismo puede adquirir la apariencia de conocimiento. Quien se pregunte sobre un interés atípico gana más al consultar a un profesional formado en sexualidades que al buscar un diagnóstico en una lista viral.



